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REFLEXION
Por: Grosso Raúl
MN y Campeón argentino de ajedrez
postal
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La filosofía ha tratado de
explicar, desde hace siglos, por qué existe
un juego tan perfecto como el ajedrez. Más
precisamente, lo que se busca establecer es
cuáles han sido los motivos que impulsaron
al hombre a crear este juego.
Lo
primero que debe recordarse, es que el
ajedrez proviene de Oriente. Lo más
probable es que los hindúes le hayan dado
su forma definitiva, a partir de un esbozo
de origen chino. Ciertas características
del pensamiento y de la cultura oriental,
pues, han sido invocadas para justificar la
invención del ajedrez.
Así,
se ha señalado que, en la cosmogonía
china, la Tierra era representada por un
cuadrado, y el espacio se concebía como una
serie de cuadrados yuxtapuestos. El tablero
del juego de ajedrez, responde con exactitud
a estos conceptos.
El
número cuatro, por otra parte, que da su
nombre al cuadrado, también ha servido para
bautizar al juego. En efecto, “ajedrez”
deriva del sánscrito “chaturanga”, y
quiere decir “cuatro fuerzas”. Se
refiere a las fuerzas que componen el
ejército,
o sea, los elefantes o alfiles; los caballos;
las torres o carros de asalto; y la infantería
o peones.
El
valor simbólico del cuatro es muy
importante en todo el pensamiento antiguo,
no solamente en Oriente sino también en
Grecia, cuna de la filosofía occidental.
Los elementos primordiales son cuatro: agua,
tierra, aire y fuego; las estaciones del año
son cuatro; también son cuatro las edades
de la vida humana; cuatro los puntos
cardinales, etc.
La
figura del cuadrado, que Platón consideraba
perfecta, al igual que el círculo, tiene un
carácter estético, sugiere orden y
equilibrio. El célebre psicoanalista suizo
Carl Jung sostiene además que el modelo
cuaternario significa lo intelectual y
racionalista, y tales rasgos son propios del
juego de ajedrez.
Si
el tablero es, de alguna manera, un símbolo
de la tierra misma, las piezas representan
la humanidad. El hombre de la antigüedad
pensaba que nuestro planeta era como un
tablero y que Dios jugaba con los hombres,
reducidos a meros trebejos en sus manos. Según
esta imagen, que niega la libertad humana y
pone todo destino a merced de la voluntad de
Dios, un ser superior determina nuestros actos. El hombre habría inventado el
ajedrez para imitar a Dios, para trazar el
destino de las piezas, para olvidar su
propia esclavitud y ejercer una ficticia
omnipotencia.
Esta
fascinante idea fue expuesta ya en el siglo
XII, por el poeta persa Omar Jayam. El
argentino Jorge Luis Borges ha reelaborado
dos sonetos sobre el tema, donde dice,
refiriéndose a las piezas:
“No
saben que la mano señalada /Del jugador
gobierna su destino”; y, enseguida, agrega:
“También el jugador es prisionero/(la
sentencia es de Omar) de otro tablero/ De
negras noches y blancos días. /Dios mueve
el jugador, y éste, las piezas”/ Qué
Dios detrás de Dios la trama empieza?.
Asombroso
juego, el ajedrez, que puede provocar tan
profundas reflexiones.
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